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jueves, 16 de julio de 2015

Combonianos con el pueblo tumaqueño

Nuevo Milenio, Tumaco. La carnada de la guerra
Los nombres han sido cambiados por razones de seguridad

Brilla el sol del mediodía en el Barrio Nuevo Milenio, no se ven ni por asomo las sombras refrescantes de la tarde. Hace calor y no hay agua potable a orillas del mar Pacífico. A treinta metros de la casa de nuestra guía, nacen del barro que deja la marea baja cientos de casas palafíticas de madera, habitadas por desplazados del conflicto armado: familias que huyeron del Charco, de Magui, de la Tola, de Barbacoas y de las veredas del mismo Tumaco.


-“No podemos ir a los manglares, hay tres muertos allá”- Me advierte la guía, una niña de 19 años, afro como el 92% de la población de Tumaco, que habla con la naturalidad de alguien que creció en medio de las balaceras, los muertos y las bombas. –“No se sabe quién los mató, pero nadie va a reclamar esos cuerpos, acá le tienen mucho miedo a los grupos”. –


Con “los grupos” la niña se refiere a cualquiera de los grupos armados ilegales que han controlado el barrio. Es tan largo ya el repertorio de nombres, que de verdad a veces no saben quién es el que manda. Hace nueve años cuando se construyó el barrio sobre unos terrenos baldíos, a unos pasos de la planta de Ecopetrol, no había ninguno. Luego llegaron las pandillas ofreciendo trabajo, esas pandillas se volvieron los Rastrojos, pero ellos perdieron la guerra con las guerrillas. Hoy el barrio lo controlan las Farc.
Unos días atrás esa guerrilla mató a dos policías motorizados que se adentraron demasiado en el barrio, la respuesta fue la militarización intermitente. Es común ver en medio de las calles polvorientas a escuadras del Ejército fuertemente armadas, caminan con sigilo, en alerta continua, sin soltar sus fusiles, sin hablar con nadie.
-“Yo personalmente no me siento segura con ellos. Hace poco me asomé a la puerta de mi casa y habían cinco soldados. Uno siente pánico. Porque en el lugar donde ellos permanecen, es donde atacan”-, dice Martha*, la guía. (Nota al pie: Nombre cambiado por razones de seguridad)
En medio de las casas de madera que se levantan sobre lo que en otro lugar sería una playa, juega fútbol un grupo de niños casi desnudos. Juegan en medio de las basuras que no se llevó la marea alta. –“De un barrio así salió Pablito Armero”- cuenta Martha, orgullosa. Desde ahí no se oye el mar, no a esa hora del día.
-“Yo veía la marimba y decía cómo harán para tocar esa cosa tan inmensa. Empecé a cogerle cariño. Empecé a sentirla. Le aseguro que sé como suena cada tabla. La marimba es como el mar. Son las olas que bajan y suben, es el agua que canta”, cuenta entre sonrisas Pedro, marimbero central del grupo Cueros y Chonta que ganó hace dos años el Petronio Álvarez, el festival de música más importante del Pacifico.
Es un joven de 17 años, que dice que hace música desde que nació. Él también llegó al Nuevo Milenio huyendo de la guerra hace varios años. Vivía con sus papás y sus hermanos en Tablones Dulce una vereda de Tumaco. –“Era terrible allá, porque como habían cultivos ilícitos cada vez que llegaban las avionetas o los helicópteros, nos teníamos que esconder ¿Qué más hacíamos? No estábamos acostumbrados a tener esas máquinas en el campo. Yo veía esos aparatos, diminutos en el aire, y pensaba en cómo será volar”-.
Cuando Pedro toca la Marimba no está en Nuevo Milenio, no está en Tumaco, vuela. En su mente aparecen aves, los ríos de Tablones Dulce, notas; por eso cierra los ojos mientras le saca los sonidos del mar a la marimba. –“Cuando llegué a Nuevo Milenio fue difícil adaptarme. Donde vivo, no es tan conflictivo, a diferencia de la parte de adentro. A mi me da pánico entrar allá, uno no sabe que pensamientos o intenciones tendrán las personas que uno ve allá”-.
En la entrada del barrio hay un complejo de Ecopetrol fuertemente custodiado por el Ejército, rodeado de cercas, retenes y cámaras de vigilancia. Unos pasos más allá, luego de la única calle adoquinada del barrio, empiezan a aparecer las casas de madera de Nuevo Milenio. En su entrada queda una casa de ladrillo de una planta, pintada con colores vivos y con un letrero: “Centro Juvenil Afro”.
El espacio fue construido por la comunidad con el apoyo de los padres combonianos de la Diócesis de Nariño y el edificio es un respiro para cientos de jóvenes que van a leer los libros de su biblioteca, a cantar, a aprender a andar en zancos, a bailar o a hablar con Uli, una alemana de un pequeño pueblo de la parte oriental de su país, que desde hace tres años vive con los jóvenes de Nuevo Milenio.
Cuenta Uli que en ese barrio de 1.500 casas y 8.000 personas no hay ninguna infraestructura, no hay un puesto de salud, no hay una tienda mayor, y cuenta que lo que sí se ve del Estado es la Fuerza Pública omnipresente. –“Acá el mar llega debajo de las casas cada 12 horas y como el barrio y la ciudad no tienen agua potable, ni canalización de las aguas negras, se lleva todos los excrementos. Ni en Cali, ni en Bogotá se imaginan que existan zonas así“-.
Uli trabaja con los jóvenes, les dice que esa guerra que viven no es normal en otros países, los convence de que ellos tienen derecho a tener un proyecto de vida, aún en un municipio donde hay un desempleo del 70%, una tasa de necesidades básicas insatisfechas de 48,5% según el DANE y dónde solo el 4% de los jóvenes logran llegar a la Educación Superior. Cifras que están lejos, muy lejos, de la media nacional.
Pero lo peor, dice, es que la guerra se normalizó. Incluso ella que no creció en ese ambiente, ya se adaptó. -“Cuando llegué, una balacera me daba mucho susto.”- Ahora, cuenta Uli, como a todos los tumaqueños, no tanto. –“Es triste que los seres humanos nos acostumbremos a eso. Mira, niños de seis o siete años hablan de bombas y eso me duele en el alma”-
Junto a Uli camina Lina, una niña de 19 años con su hijo de brazos, Samuel. Ella terminó primaria y bachillerato. Es una mujer hermosa, segura y alegre como la mayoría de gente con la que hablamos allá. No parece haber en Tumaco nadie que se eche a la pena por su situación. Cuenta Lina que espera poder estudiar Trabajo Social. Uli la inspiró. Sabe que es muy difícil. Igual de difícil como conseguir empleo. “Las únicas opciones son: para los chicos, mototaxiar, y para las chicas, vender minutos o trabajar en casas de familia. Uno se enfrenta a la frustración de no poder hacer lo que realmente quiere“-.
La otra opción para los jóvenes son las armas, las legales o las ilegales; en un barrio como Nuevo Milenio son para muchos la mejor alternativa. De eso da cuenta el padre Daniel, un italiano que llegó a Tumaco hace 6 años. Dice que los jóvenes del barrio son una población de alta vulnerabilidad. Son jóvenes que vienen de familias pobres, que estudiaron en colegios que no los prepararon en nada, mucho menos para entrar a una Universidad. “No tienen ganas de soñar, porque soñar para qué. Piensan que se les llena la cabeza de ilusiones que después no pueden realizar”-.
Dice el padre que por eso muchos jóvenes sienten que el uniforme les puede dar una identidad y buscan entrar a la Policía o al Ejército. –“ Sabemos que si un negro entra al Ejército es para que lo metan al monte, no al despacho. Es para que sea carne de cañón. Fíjense quienes son los que mueren en los enfrentamientos, de donde son. Nuestros jóvenes, acá, se preparan para morir temprano”-.
Si no es el Ejército, la otra posibilidad son los grupos armados ilegales, un paso que quienes lo dan, entienden que no tiene reversa. Si salen es muertos o para ir a prisión. Los jóvenes de Nuevo Milenio son una carnada de la guerra.
Uli agrega que los muchachos que entran a apoyar esos grupos no saben nada de ideologías, van con ellos porque no tienen alternativa. -“Les ofrecen plata, poder, reputación y eso para cualquier muchacho de 15 o 16 años es atractivo.”-
Cuando uno pregunta a cualquier persona en Nuevo Milenio por las Farc, la gente se pone muy nerviosa. Nadie los ve, pero todos saben que están por cualquier lado. Casi tan omnipresentes como la misma Fuerza Pública. –“Para nadie es un secreto, cualquiera en Tumaco le va a contar que las Farc tienen control sobre todo el territorio”, afirma José Luis, director de la Casa de la Memoria de Tumaco.
El problema, dice, va más allá de las Farc. Antes ya ha habido muchos otros grupos: los paras de las AUC que mataron a Yolanda Cerón en el centro del pueblo y que lanzaron cientos de cuerpos al río en un sitio conocido como el Tigre, los Rastrojos que controlaban parte de la ciudad y que causaron miles de desplazamientos, el Frente Comuneros del sur del ELN, que en días pasados pintó muchas fachadas del centro de Tumaco, y por supuesto las Farc. Hoy a esa guerrilla la combaten miles de soldados de la Fuerza de Tarea de Acción Conjunta “PEGASO”, una inmensa maquina militar que articuló tres brigadas del Ejército Nacional. Y con todo eso, el fin de la guerra parece lejano.
José Luis cuenta que en Tumaco hay bombas todos los días. En el 2012 hubo una que hirió a 70 personas, mató a siete civiles y a dos policías. Eso nunca salió en los medios de comunicación nacionales, como ahora que todo el mundo habla de Tumaco. Dice que hoy importa porque hay un proceso de paz en La Habana y hay gente que necesita poner la lupa en la guerra. –“Antes Tumaco no le llamaba a nadie la atención, eran bombas en un departamento marginal, en un municipio marginal, pobre y afrocolombiano. Ahí hay un grado de racismo”-.
Aun así, espera que haya avances en el proceso de paz. Cree que si no hay acuerdos, regiones como Tumaco van a seguir sufriendo. –“Las Farc no están castigando a Bogotá, están castigando a las regiones más apartadas. Así que esperamos que la salida sea el diálogo, porque la otra alternativa es la guerra y eso acá no nos ha dado buenos resultados”.
La tradición de Tumaco no era la violencia. La tradición eran los pequeños palenques de esas comunidades de esclavos africanos que conquistaron su libertad y se organizaban democráticamente para defenderla. Quizás por eso a pesar de su pobreza, no se ven en situación de indigencia. Uli dice que eso le sorprendió cuando llegó de Centroamérica: no importa cuantas personas desplazadas lleguen, siempre encuentran una casa donde son acogidos. Es una larga familia extendida, en la cual sus miembros más jóvenes son el blanco de la violencia.
Al fondo del barrio Nuevo Milenio, en medio de los zancudos, del ruido de la música popular, del sofoco que retuerce la madera que alza las casas sobre el mar, hay una serie de puentes que conectan las calles del barrio. Los puentes los construyeron los hombres de la comunidad, incluso con ayuda de los jóvenes.
Los niños que juegan fútbol, ven la cámara de fotos y hacen sus mejores poses. Andan en calzoncillos y con camisetas sucias, saltan de puente a puente con una agilidad admirable. Mi guía nos había advertido que había que tener cuidado con las fotos, nadie toma fotos sin autorización de los que mandan. Aún así no hubo ningún problema. El barrio respiraba tranquilo la tarde de domingo.
Nuestra guía nos dice que los jóvenes que pasan por el Centro Afro son los pacifistas dentro de sus familias: “Si bien crecen con las bombas de Tumaco, también crecen con unos valores distintos. Creo que esta generación de jóvenes son los que van a empezar a construir la paz”-.
En el Centro Afro nos alcanza James. Es un muchacho robusto, de pelo chuto corto, que viste una camiseta negra, una cadena plateada y tiene los brazos tatuados. Es el líder de una banda, pero de cantantes de hip hop, salsa choque y reggueton romántico. Su banda se llama ARS por Autonomía, Resistencia y Sabiduría. La música le permitió resistir el reclutamiento forzado y la violencia de su barrio. “Es triste, pero desde la visión de los jóvenes, el estudio se ve como algo no rentable. Ahí es cuando llegan los grupos a lavarte el cerebro y, claro, atrapan a los que no tengan claro un proyecto de vida.”-
Cuenta que algunos amigos de su infancia, amigos que eran muy sanos, se fueron para los grupos ilegales o para la Fuerza Pública y ya están en “la paz del señor”. Añade que va a cantar un pedazo de su canción Grito de un Pueblo, una canción que nació de las bombas, de los atentados, una canción que es un grito de ¡Basta ya!.

“Estoy cansado de vivir en este mundo de maldad,
la guerra me lastima,
mi cuerpo se envenena
y no quiero que corra sangre por mis venas”

La voz de James se pierde en el murmullo del mar. Llega la tarde con la brisa caliente del Pacifico y con sus sombras. Es hora de irnos.



texto y fotos tomadas de: http://pacifista.co/nuevo-milenio-tumaco-la-carnada-de-la-guerra/?utm_content=buffer00e09&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer#sthash.PT7YdPpf.dpuf

martes, 9 de julio de 2013

Comunicado de la Diócesis de Quibdó (Colombia) sobre serie de televisión


LOS TRES CAÍNES EN BOJAYÁ
“La verdad os hará libres” (Jn 8, 32)

La serie Los tres Caínes, que en el mes de junio fue vista por miles de colombianos en el Canal RCN, tiene muchas tergiversaciones y errores históricos inaceptables. La Diócesis de Quibdó quiere hacer aclaraciones para beneficio de la comunidad chocoana y de Colombia en general, para evitar que después de once años se olvide la verdadera historia.

En los capítulos sobre la masacre de Bojayá, que costó la vida a 79 personas –incluidos 44 menores de edad-, esta serie comercial se basa en los testimonios malintencionados de los responsables de los trágicos hechos que enlutaron al Chocó, al tiempo que desconoce el punto de vista y el relato de las víctimas sobre los reales sucesos del 2 de mayo del 2002. Al hacer la serie faltó una investigación más profunda, no se recogieron testimonios de sobrevivientes, se distorsionó el papel profético de la Iglesia y el valor de la comunidad civil en medio de la guerra. El libreto muestra a guerrilleros y paramilitares aguerridos, una Iglesia cobarde, una comunidad débil y unos hechos erróneos.


La verdad es que la Iglesia chocoana fortaleció su trabajo apostólico desde los años 80, impulsó las organizaciones campesinas y la promoción de los Derechos Humanos ante el conflicto armado creciente en la región. Estas organizaciones y el valor civil de los campesinos fueron claves para mitigar el impacto de la guerra. La Iglesia, fiel a su compromiso evangelizador –a pesar de las críticas-, acompañó siempre a las comunidades, animó a sus líderes, acompañó a los resistentes, acogió a sus desplazados, interpeló a las instituciones, apoyó los retornos, denunció los abusos de todos los grupos armados, legales e ilegales, y selló su compromiso con la sangre de varios religiosos martirizados por los paramilitares en el Atrato. Fue este compromiso valiente con los humildes del Chocó lo que le valió el reconocimiento de la sociedad colombiana, que le otorgó el Premio Nacional de Paz en el año 2005.


La Iglesia y las organizaciones comunitarias manifestaron en reiteradas ocasiones su rechazo a la presencia de las guerrillas de las FARC y los paramilitares en la región, denunciaron sus abusos y advirtieron sobre los riesgos de la confrontación armada en medio de la población civil. Unos y otros hicieron caso omiso. Por otro lado, también se hicieron repetidos llamados a las instituciones del Estado para que hicieran presencia efectiva en el lugar. Se denunció la connivencia de la Fuerza Pública con los paramilitares y a finales de abril se dio la alerta temprana sobre el enfrentamiento inminente.

Muchos habitantes de Bellavista decidieron libremente refugiarse en el templo parroquial y en la casa de las Misioneras Agustinas en busca de protección. Los habitantes rechazaron los intentos de los paramilitares de refugiarse también allí y de usarlos como “escudos humanos”. Los misioneros de Bellavista enfrentaron con valor profético –unidos a los líderes del pueblo- los abusos de los actores armados. Ellos llamaron en vano la atención a las FARC sobre el riesgo de usar armas no convencionales al apuntar en dirección a los lugares en donde se refugiaba la población indefensa.


Esta verdad debe brillar ante la manipulación de la memoria histórica, para beneficio del pueblo, de sus organizaciones y para hacerle honor a sus mártires. Ojalá nuevas producciones más comprometidas con la verdad puedan registrar la memoria de las víctimas y hacer claridad para que un capítulo tan doloroso como este no se repita en nuestra historia.

¡Rechazamos la manipulación de la historia del pueblo chocoano!

¡No al olvido y a la pérdida de la memoria histórica de nuestro pueblo!

Que el Dios de la vida siga bendiciendo nuestro compromiso evangelizador.


Quibdó, en la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo de 2013.


Templo de Bellavista, Chocó (Colombia)

Fuente: Diócesis de Quibdó en Facebook (implica  estar registrado para ver)


martes, 10 de abril de 2012

Viacrucis tras el crimen de Manuel y Samir Ruiz


Martes 10 de abril de 2012


El domingo 1 de abril del 1012 a las 9:20 a.m. en la parroquia San Sebastián de Chigorodó, vivimos un hecho contradictorio y simbólico: para realizar las exequias de Manuel Ruiz y su hijo Samir de 15 años, asesinados por defender su tierra, el párroco tuvo que sacar, antes de lo previsto, las imágenes para la procesión que conmemora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (domingo de ramos) con la cual se inicia la semana Santa y en el atrio se cruzó con los restos mortales de Manuel y Samir.

Cuando inició una precesión, terminó la otra. Ambas signadas por la muerte, las dos atravesadas por la vida. Tanto la una como la otra dejan ver hasta dónde puede llegar barbarie humana. Recrean la pasión vivida en la primera, coinciden en que esas muertes fueron ordenas por poderes que se sienten amenazados por los pequeños de la historia.

El atrio del templo fue el lugar del encuentro, un mismo instante fue punto de llegada y punto de partida. Jesús y Manuel sabían del peligro, de los poderes que enfrentaban, denunciaron con claridad los riesgos, las amenazas; con sus acciones los dos afirmaban la dignidad de un territorio: Jesús ante la invasión romana, Manuel ante la invasión empresarial. Dicen los evangelios que un puñado de pueblo solidario acompañaba a Jesús en lo que sería el camino hacia la muerte y posterior resurrección, otro puñado del pueblo acompañaba a Manuel y Samir hasta el sepulcro, a pesar del miedo de mostrarse solidario y dolido ante la mirada de los victimarios que recorrían Chigorodó.

En la semana santa es central el camino hacia cruz, el viacrucis, recorrido por Jesús desde hace 2000. La conmemoración coincide con el viacrucis de los reclamantes de tierra en Colombia, que se ha logrado visibilizar en casos como los de Curvaradó y Jiguamiandó, que muestra el peor de los rostros en los crímenes de Orlando Valencia, Walberto Hoyos, Benjamín Gómez, Argénito Díaz, la desaparición de Everto Gonzalez, el crimen de los hermanos Agames. A Manuel y a Samir les asesinaron como a Jesús. Manuel un afromestizo que trabajó durante 27 años, la mitad de su vida, por un pedazo de tierra para sus hijas e hijos. Samir, un adolescente que por acompañar a su papá corrió la misma suerte de él. Con la porción del territorio del Curvaradó adquirida, Manuel quería asegurar la vejez de su compañera y la suya. Ojalá su entrega no sea en vano.

El texto de la Viña de Nabot (1 Re 21) iluminó, en el sepelio, el significado de este acto de barbarie, de este acto que expresa la decadencia de la humanidad, profundo significado de estas muertes de reclamantes de tierras.

El campesino Nabot tenía su finca al lado del palacio del rey, a quien le pareció bien quedarse con ella y quitar a Nabot de allí, por eso le propuso comprársela o cambiarla por otra tierra. El campesino se negó porque allí estaba su historia, la de su familia, su dignidad, su memoria. El rey contrariado le contó a la reina que el campesino no le había querido vender la finca. Ella le recordó que él era el que mandaba en el país y se ofreció para arreglar el problema: “yo me encargaré de darte le finca”. Hizo cartas, comunicaciones con los sellos oficiales, consiguió testigos falsos, también del pueblo, movió sus influencias en los círculos de poder y convenció al “pueblo” de la perversión del campesino, quien fue considerado un riesgo para la gente de bien porque, según la reina, hablaba mal de dios y del rey, pues cuestionaba el poder. El campesino fue condenado a muerte. Todo iba muy bien para los planes de la reina en favor del rey: Nabot estaba muerto, su muerte había sido conforme a la ley, con la complacencia y complicidad de los poderes político, económico y religioso. La reina quedó bien ante el rey al cumplirle la promesa de entregarle la tierra, no había obstáculos. Pero Dios se cruzó en el camino del rey cuando iba a tomar posesión de la viña del asesinado Nabot, enviando al profeta Elias para reprocharle su proceder y recordarle las consecuencias funestas de su actuación. El rey sabe lo que ha pasado por eso llama al profeta “enemigo mío”. El profeta en nombre de Dios dijo: “así que después de matar, te adueñas de la tierra?”

La historia de la tierra se repite a través del tiempo. Esperamos que llegue el día en que se empiecen a arrepentir los reyes, las reinas, los malvados, los cómplices y aduladores de toda la historia quienes desde diversas instancias de poderes políticos, económicos, religiosos, mediáticos de ayer y de hoy justifican la infamia. O por lo menos que haya justicia por sus crímenes. Esperamos la justicia.

El viacrucis vivido por Manuel y su hijo Samir, por toda su familia antes, durante y después de la desaparición y asesinato ha tenido trece estaciones. Meditémoslas, intentando ubicarnos en su lugar.

1. Manuel, al igual que otros 46 líderes del Curvaradó y Jiguamiandó, denunciaron infructuosamente ante las autoridades competentes las amenazas contra sus vidas. Estaban condenados a muerte.

2. Manuel fue detenido por la policía de Mutatá, luego de que paramilitares le gritaran “guerrillero".

3. Manuel y su hijo fueron bajados del vehículo por paramilitares, en el que se transportaban hacia su tierra. Como corderos eran llevados al matadero.

4. Las autoridades responsables de activar los mecanismos de búsqueda de los desaparecidos no actuaron para garantizar la vida a Manuel y su hijo, no les importó el dolor, ni cumplieron con su deber, al fin de cuentas esas vidas no valen nada. La policía se excusó diciendo “el puente es un punto rojo donde hemos sido atacados varias veces, por eso no vamos ahí”.

5. Los cadáveres de Manuel y Samir fueron encontrados por familiares y miembros de las Zonas Humanitarias quienes se negaron a escuchar las autoridades que decían que era peligrosa esa búsqueda, la fuerza de la solidaridad, de la dignidad fue más fuerte que el temor.

6. La familia Ruiz Gallo se desplazó por temor, para salvar su vida, salieron sin rumbo sin saber a dónde ir, como lo habían hecho en 1997 y en el 2001. Aumentaron los cerca de 6 millones de desplazados que hay en Colombia.

7. La esposa, los hijos y los nietos de Manuel, desplazados forzadamente por temor a las represalias, se encontraron con los padres, los hermanos, las hermanas y los sobrinos llegados de distintas partes del país, en el parque de Mutatá. Las miradas de los vecinos conmovidos, de los habitantes indolentes y de los victimarios llegaron a sus corazones en medio del dolor por la pérdida de sus seres queridos.

8. El derecho que tienen un desplazado al alojamiento de cada día, a la comida para niños, ancianos y adultos, la atención en salud brilló por su ausencia. Las familias debieron exigir y ante las carencias, hasta implorar ayudas mientras instancias oficiales dijeron que el Estado estaba cumpliendo todas sus obligaciones constitucionales. Qué abismo entre las palabras y la realidad!.

9. La esposa y los hijos volvieron por unas horas a la finca para rescatar algunas pertenencias que hicieran menos duro el desplazamiento. Hicieron el mismo recorrido de Manuel y su Hijo hacia la muerte. Uno de los habitantes del lugar los bendijo por haber rescatado los cuerpos de sus seres queridos, posibilidad que cientos de familiares no han podido tener.

10. Frente a miembros de la familia Ruiz, en la alcaldía de Mututá, miembros de la policía, del ejército, de la unidad de atención a víctimas y otras instancias oficiales afirmaron que habían buscado a Manuel, que estaban presentes al momentos de encontrar los cadáveres, que estaban prestando la atención humanitaria adecuada. “Será una presencia una ayuda invisible porque nada de eso hemos visto”, dijeron los familiares. El gobierno solo llegó hasta los cuerpos cuando los familiares y miembros de las Zonas Humanitarias, los habían localizado.

11. Solo hasta las 10:00 p.m. del día sábado pudo llegar la familia a Chigorodó para descansar un poco y esperar los restos para darles cristiana sepultura, no había una posada para ellos. Desde el jueves oficialmente se había dicho que todo estaba listo.

12. El Estado tardó 48 horas para trasladar los cadáveres hasta medicina legal, 6 horas demoró la necropsia y 22 horas para trasladarlos de medicina legal a la sala de velación de la funeraria, en total 76 horas dolor e indignación de la familia. Una hora y 40 minutos pudo la familia velar, acompañar a Manuel y Samir.

13. A las 5:30 p.m. del domingo, después de las exequias, la policía fue al hotel donde estaba la familia hospedada, tocó a las puertas para decirles que debían salir porque solo había pagado un día, el programa integral de atención a víctimas.

14. En este viacrucis hubo cirineos que ayudaron a llevar la cruz: las comunidades siempre solidarias, organizaciones nacionales e internacionales, incluidas unas pocas personas del Estado y personas que cumplen sus funciones.

Fuente: http://justiciaypazcolombia.com/Viacrucis-tras-el-crimen-de-Manuel